La Munich de la Costanera

Por afinidad con el artículo A la noble cerveza ¡Salud! a-la-noble-cerveza-salud/traduzco el post titulado Nochmals Bier! que se publica en el blog Deutschsprachiger Stammtisch /

Quisiera añadir unas líneas sobre el tema “Cerveza en la Argentina”, ya no referidas al proceso de su elaboración y fabricación a escala industrial, sino a un aspecto de su distribución comercial, expendio y atracción de consumidores del noble producto en nuestro país. Para el autor tiene el significado de una imagen en el álbum de los recuerdos, aunque bien podría ser un homenaje a quienes participaron en esos esfuerzos.

Mientras en Sudamérica iba creciendo la industria cervecera con nuevas plantas productoras, excelentes obreros, capataces y bien formados ingenieros cerveceros, por la otra parte se necesitaba incrementar la venta y el consumo de esa bebida, un tanto resistido al principio por la población nativa. Pareció importante, pues, que entre la elaboración y la venta minorista se instalara el eslabón de locales para el expendio de la bebida, donde no solo el sediento al paso aplacara su sed sino que también un cliente más reposado concurriera a degustar un plato de su predilección. La siempre activa competencia entre el vino y los refrescos sin alcohol, por un lado, y la audaz insurgencia de la cerveza por el otro, fue al principio bastante dificultosa para esta última aunque bien pronto ella adquirió su equiparación de derechos en el mercado de las bebidas.

Con el fin de acelerar ese proceso difusivo, tanto la iniciativa privada como los aportes de capital del ramo cervecero contribuyeron a inaugurar locales de expendio en las principales ciudades de la Argentina. Ahí se podía disfrutar unos cuantos chopps acompañados de un pequeño bocado (una ligera comida al paso), y esta costumbre llegó a veces a extenderse hasta adquirir los contornos de una comida principal con varios invitados, diversos platos y unos manjares de alta cocina. Dicho sea al margen: es probable que la palabra “chopp” tenga su origen en el verbo alemán schöpfen, asimilada luego con la francesa chaupine y retransferida después al altoalemán Schoppen. El vocablo llegó a los países del Plata como “chop” o “chopp” y designaba, igual que en alemán, al típico jarro y a su líquido contenido. Pero en la jerga porteña o rioplatense suele decirse, bien a la italiana, una birra, venga ésta en vaso o en botella. Sin embargo, una correcta enunciación de cada medida y de las diversas formas de vasos exige sus denominaciones específicas. En España y sus regiones existen como siempre vocablos diferenciales para las distintas cervezas y los recipientes en que son servidas.

Aquí en la Argentina distinguimos entre cerveza casera o artesanal, embotellada y de barril. La mayoría de los locales de expendio venden esta última en vasos o jarros; entonces se la nombra “cerveza suelta” o “tirada” (extraída del barril). Y según el tamaño y la forma del recipiente se dirá:

balonBalón: de forma redondeada, a menudo llamada „copa noruega“, contiene entre 330 u 500 cm3

 

 

choppChopp: el típico „jarro alemán“, casi siempre de apenas 330 cm3 (excepto cuando aparece el muniqués de 1 litro, el allá denominado „Mass“.

 

lisa

Liso:  un vaso alto que va ensanchándose hacia arriba; se lo encuentra a menudo en el interior del país. En la provincia de Santa Fe existe incluso una fiesta regional con ese nombre. Contiene alrededor de 250 cm3, pero cuando llegan a la mesa tamaños algo mayores se los denomina „Imperial“. A los niños que venían a la taberna acompañando a su padre se les servía uno de tamaño menor, llamado „cívico“.

pintaPinta (o en su caso „media pinta“): fue introducida en los pubs y boliches modernos, aunque hoy puede vérsela por doquier; contiene alrededor de medio litro de cerveza.

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En Buenos Aires, entre los más importantes locales de expendio de cerveza citados más arriba se encontraban los que como por contagio serial fueron llamados MUNICH, con el aditamento del nombre del barrio donde se encontraban: „Munich Palermo“, „Munich Boedo“, „Munich Constitución“, „Munich Belgrano“… y desde ya el „Munich de la Costanera“. Este último estaba en el centro de un Paseo parquizado (Paseo de la Costanera), en inmediaciones de la ribera sur, que había sido inaugurado después de finalizada la construcción del puerto de ultramar (iniciado en 1882). De ningún modo era un local para parroquianos de bajos presupuestos. Sin embargo, en el verano era visitado de día y de noche por personas de toda posición social y rango, quienes allí acudían para charlar y beber una cervecita. En las alas menos concurridas y en la terraza del espléndido edificio con aires de palacete siempre había sitio para organizar un banquete o una sesión de directorio de alguna gran empresa, sin estorbo por parte de las muchedumbres que solían llenar el local. Aunque el éxito contribuyese a elevar el costo de las consumiciones, el lugar continuaba siendo accesible para sencillos trabajadores y empleados. En mi niñez, cuando aún no había perdido su modesto empleo en la representación local de la Siemens-Schuckert (antes de 1945), mi padre nos llevó a mamá y a mí en dos oportunidades a ese soberbio sitio a fin de que pudiésemos admirarlo desde el interior, mientras saboreábamos salchichas con chucrut y sorbíamos una cervecita.

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Tal vez ese hermoso recuerdo mereciera ser rememorado con mayor objetividad y una atención más exacta a los detalles. Todos sabíamos, aunque algunos lo hayan olvidado, que la ciudad de Buenos Aires está situada a las orillas mismas del anchuroso Río de la Plata, tan denostado por muchos a raíz de la contradicción entre su color y el pretencioso nombre. El río que según la dirección de los vientos y el cambiante ritmo de las mareas alta y baja, a veces se retira hasta parecer seco o bien se sale de cauce sin escrúpulos – como lo supimos bien quienes nos criamos no lejos de sus orillas –; el río que a la vista se muestra con cambiantes colores de modo que cada poeta de estos parajes haya podido resaltar el que más armonizara con su talante… Así Leopoldo Lugones en su provinciana y universal loa a Buenos Aires, donde la llama „primogénita ilustre del Plata“ y ve que a su vera „va el gran río color de león“.

Si bien se trataba del “río más ancho del mundo”, la capital argentina apenas podía extraer de ese hecho un argumento virtuoso hasta que en 1882 el gobierno federal [nacional] de entonces aprobó un costoso proyecto para rellenar con tierra y escombros toda la zona sur de la costa metropolitana. La isla artificial que así se formó en el tramo comprendido entre la Avenida Córdoba y el Riachuelo dejó, hasta la costa firme, un espacio que fue ocupado por cuatro enormes diques amurallados de embarco y desembarco, que permitían el ingreso a puerto de cargueros y otros buques de ultramar. Después, por 1918/19, la orilla de ese islote vuelta hacia las aguas fue urbanizada como “Balneario de la Costanera Sur”, un espacio púbico o rambla (popularmente denominado “balneario de los pobres”) donde en los meses del verano la parte “menos pudiente” de la población pudiese tomar sol, disfrutar del agua aún “relativamente limpia” del río y respirar a pleno pulmón los “buenos aires” que daban nombre – más que renombre – a la ciudad. Entre ese balneario, la zona de los diques y las primeras calles abiertas al tránsito vehicular (Avenida Paseo Colón) se instaló una zona parquizada, poblada de árboles y jardines, donde se construyeron también algunos edificios. Entre ellos el aquí mencionado restaurant “Munich”, cuyo apodo más difundido – a raíz de su ubicación – fue “de la Costanera”.

A iniciativa y bajo la dirección del arquitecto húngaro Andreas Kálnay, con el auspicio financiero del empresario catalán Ricardo Banús, la obra fue iniciada en 1927 y finalizada en cuatro meses y 8 días. Muchas de sus instalaciones eran preparadas y puestas a punto en el obrador mismo. Algunos críticos de estilos arquitectónicos tildaron  al edificio de “ecléctico” o de obra de “armado y bricolaje”; otros, como la excrecencia de un deplorable art-decó  con serviles imitaciones de los originarios patios cerveceros de Munich o Nürnberg.

El local podía ser visto por las noches iluminado en todo su esplendor. Poseía también admirables vistas sobre el oscuro Río de la Plata, en el que los grandes navíos – para decepción de algunos – no podían navegar sino muy alejados de la costa, ya que debían atenerse al curso de los canales de acceso dragados en el lecho. Durante las cenas nocturnas en el amplio salón comedor se oían valses vieneses o las melodías de éxito del momento, ejecutados por una pequeña orquesta de señoritas. La cocina era de lo mejor; las cámaras refrigerantes en el subsuelo, para mantener frescas las bebidas, podían medirse sin desmedro en tamaño con muchas de los frigoríficos industriales de la época. Los coloridos vitrales de las ventanas, las lámparas, las balaustradas y barandales de las escaleras, la vajilla, todo se correspondía con los fantásticos proyectos del arquitecto Kálnay. Había también esculturas en el exterior, en figura de típicos personajes europeos como la de las camareras que transportan varios enormes jarrones de cerveza; cabezas de cerdos u otros animales, de piedra o madera, en especial figuras que representaban el macho cabrío, emblema de uno de los tipos de cerveza. Sobre las fachadas sur y norte de la construcción se destacaban seis esculturas de hombres, cado uno portador de una de las letras que en su orden formaban la palabra MUNICH. Fueron esculpidas por un escultor alemán cuyo nombre se me ha olvidado.

Hacia los finales de los años ’70 del siglo XX empeoraron algunas condiciones de la vida argentina, entre ellas las de la seguridad en la vía pública. Pocos se atrevían a cruzar los parques y paseos de la costanera porteña donde estaba emplazada la Munich. La clientela del célebre local fue disminuyendo hasta que sus dueños o inquilinos terminaron por abandonarlo. Las autoridades administrativas de la ciudad tomaron posesión del mismo y en 1979 lo entregaron en custodia por 20 años, junto con 5000 m2 de parque, a una empresa estatal, con vistas a la instalación de un museo. El autor de esta crónica ya no conoce pormenores al respecto y es probable que los buenos periodistas los rescaten, si es que algún lector de este blog que viva en Bs. Aires no nos saca de la ignorancia.

Mar del Plata, fines de agosto de 2013 Carlos Haller

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